Texto: Odilius Vlak / Ilustraciones: Eddaviel
Fenómeno Paradimensional en Biblioteca Nacional [Santo Domingo, República Dominicana: martes 14 de junio/2016].
Síntesis del suceso: Acceso de locura momentánea de la ecuación E=mc2 causado por publicación de antología de ciencia ficción y fantasía.
Resultado: Ruptura del ensamblaje entre masa/energía y espacio/tiempo con fusión malsana entre un aspecto del tiempo lineal [el futuro], y un fragmento de la masa total del universo [el sol: estrella enana amarilla de tipo espectral G2V ubicada en el centro del Sistema Solar].
He aquí los hechos.
A punto de iniciar el evento la realidad colapsó; se atomizó en fragmentos de espacio tiempo que simularon virtualmente la portada del libro que se estaba presentando: «Futuros en el mismo trayecto del sol».
Pero no era un holograma, sino: «¡Un portal dimensional!», exclamó Eddaviel, su creador.
El Sol aumentó su plasma a nivel Hellfire 666. El primer condenado fue la factoría, esa especie de paja en su ojo. A continuación centrifugó su apocalipsis incinerando la palabra «Futuros» del título.

«¡Quiere extinguir nuestro futuro…!», dedujo Eddaviel. «Vamos, saltemos dentro del portal antes que se cierre.»
Cayó justo en la parte superior del planetoide central: la antigua Plaza de la Bandera. Sostenida por el eje que equilibraba ese portento de la tecnología post apocalíptica made in el Caribe.

Su osadía fue imitada por los siete escritores antologizados; petrificados hasta ese momento por una realidad que superaba todas sus ficciones.
Odilius Vlak fue el primero en acatar la orden. Saltó justo detrás de su cómplice en el crimen de imaginar, orgulloso de que estaban siendo víctimas de su propia imaginación. Le siguieron Morgan Vicconius Zariah, Markus E. Goth, Peter Domínguez, Rodolfo Báez, Manuel Antonio González Cabrera y Moisés Santana Castro.
Isael Pérez, editor y sumo sacerdote, decidió quedarse en su SANTUARIO para invocar fuerzas cósmicas aliadas.
Ya dentro, los autores vieron desaparecer a través del domo cristalino, la roca decorada con el último ícono del pasado ciclo humano: la antorcha de la Estatua de la Libertad. Solo el planetoide aislando la isla de Quisqueya resistió la incandescencia exterior. Protegido por los primordiales dioses taínos, los orishas africanos y claro: por la cruz católica.

«¡Ya lo tengo…! No es un sol dibujado, sino escrito; su imaginación lo creo, no la mía.»
Todos se volvieron a Eddaviel. ¿O era él? Sentado sobre un tronco estaba la versión antropomórfica de su logo: Eggoviel. De cabeza achatada, la tinta que definía el cabello moldeaba el rostro en una media luna; grandes ojos, sin nariz y un trazo fino como boca; capa de superhéroe con toque medieval, ropa ceñida incluyendo bandas que momificaban sus antebrazos; varios collares chamánicos y esa jodida espada con hoja de final fantasy y empuñadura de báculo de brujo africano, especialmente por el cráneo que lo unía al metal.

«¿Un sol homicida…? ¡Jajajajaja…! Apuesto que es el planeta tierra enloquecido de la historia de Odilius», chanceó Manuel.
«Eso lo descubriremos pronto», aseguró Markus, distante y solemne, como si estuviera perturbado por las mismas visiones de su personaje Agirá Al Maneft.
Siete puertas emergieron del piso circular de la estructura sobre la que descansaba el eje del planetoide; el título de las historias inscrito en cada dintel: «Inicio»; «La invasión de los elefantes»; «Las perturbadoras visiones del Agirá Al Maneft»; «El último vástago de Glashadia»; «La extraña osamenta de Antarte»; «Breve historia de un genocidio intergaláctico» y «Georitmo a la velocidad de la luz».
Una discusión inició sobre cuál puerta elegir, entendiéndose que la elección implicaría culpabilidad. Peter Domínguez argumentó a favor de su género, la ciencia ficción, recordando que no se trataba solo de un sol ficticio going mad, sino de un futuro que fue su víctima. Por lo que el sol debería pertenecer a una de las dos historias enteramente fantásticas de la antología. Markus y Manuel refutaron afirmando que un sol devorador de futuros eran vainas propias de ciencia ficción apocalíptica; que si de extinción se hablaba, quizás la menos sospechosa sería la historia de Vicconius.
Rodolfo arremetió contra Eggoviel señalando lo obvio: fue el sol de su portada que armó el lío; que él los sugestionó al implicar que el culpable fue inventado por uno de los escritores; que, al fin y al cabo, era en la realidad alternativa de su ilustración en la que estaban atrapados. Y además:
«Fuiste tú quien saltó primero dentro del portal.»
La eggoespada brilló azulada; los ojos del cráneo ardieron con el plasma del sol endemoniado. Las tres cascadas que caían desde la parte superior de la isla hasta el mar, chorrearon lava. La hecatombe que reinaba en el exterior del planetoide conquistó su interior. República Dominicana estaba a punto de unirse a la extinción que había hecho del Sistema Solar un recuerdo lejano.

«Excelente», lo felicitó Eggoviel. «Ahora terminemos de narrar en tres dimensiones el rapto de ese futuro, ¿están de acuerdo? Recuerden que soy un narrador visual. En todo caso, es más ¡waooooo! un apocalipsis solar que una invasión de elefantes…»
Eggoviel elevó su espada al mejor estilo de He-Man, Conan o Lion-O de los ThunderCats. El planetoide se disparó directo al sol… Pero justo cuando la narración visual tendría su final suicida, la Virgen de la Altagracia se manifestó y, lo mismo que hizo con la tierra prófuga en «Georitmo a la velocidad de la luz», empujó al planetoide, al sol y el resto de los elementos de la ilustración, a sus ubicaciones originales.
Eggoviel miró sorprendido a Odilius, quien explicó:
«Hermano, la última versión de nuestras ficciones la hacen los lectores… Y hay un montón de ellos esperando en la Biblioteca Nacional; ansiosos de narrar con su propia imaginación la escena de la portada, su pasado y su futuro. Regresemos, que con la bendición de la virgencita esta paradoja paradimensional solo retrasará por unos minutos el incio del evento.»

Y así fue que la publicación de la primera antología de ciencia ficción y fantasía de República Dominicana, se llevó a cabo sin más invasiones de lo fantástico a la realidad.
El resto es historia. Incluyendo las siete que se publicaron en ese libro emblemático de la literatura especulativa dominicana; incluyendo la tremenda historia de la portada que, con seguridad, todo freaky que la ha contemplado hasta hoy, alucinó un final menos apocalíptico que el de Eggoviel.
Al fin y al cabo, los autores aún viven.


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Me encanta su trabajo, literal. Es mágico y entretenido. Hace nudos en la mente.
Gracias…. Nudos que se desatan con la ardiente imaginación caribeña.